Etapas en el sistema educativo japonés (Parte II)

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El pasado mes discutí la necesidad de planificar cuidadosamente la educación de cada niño, teniendo en cuenta factores como sus objetivos y situación económica, y apunté a la necesidad de enseñarles a examinarse en el último año de educación primaria, sin obsesiones y poniendo como prioridad su bienestar y su salud. En esta entrega reflexiono sobre las razones que se esgrimen para elegir un camino u otro, pues cada familia debe poder justificar seriamente su opción. Las implicaciones para la vida del niño son enormes. 

La primera elección es entre la educación pública o privada, y en este último caso, entre una institución segregada por sexos o mixta. Las escuelas masculinas y femeninas son un reducto casi extinto en muchos países desarrollados, pero pervive en Japón, donde todavía los roles de los sexos están muy compartamentalizados. Los colegios de este tipo suelen tener solera y una reputación sólida, y sin duda han jugado un papel clave en el desarrollo de la educación en este país. En especial, los colegios de niñas han sido fundamentales para dar oportunidades a las mujeres en un tiempo en el que no se las valoraba intelectualmente. Sin embargo, en el momento histórico que nos ocupa, el debate abierto sobre la igualdad entre los sexos acabará por poner en duda si la segregación es la mejor forma de educar en el mundo moderno. Es fácil imaginar que dentro de unos años estos colegios serán mixtos. 

Una vez dicho esto, algunos padres optan por estos colegios por convicciones religiosas o morales, o porque su nivel sea reconocidamente muy alto, o porque estén adscritos a una universidad y eso ahorrará los exámenes de entrada. Todos estos argumentos son muy legítimos. Lo que me parece más cuestionable es elegirlos porque "la niña es tímida cuando está rodeada de niños, pero entre niñas es ella misma”. Esta razón me parece contraproducente en lo que se refiere a la igualdad laboral futura: las empresas y lugares de trabajo se componen de miembros de ambos sexos, y la idea de que no se puede competir con los hombres no es acertada. 

Dicho esto, la educación privada es una elección legítima y necesaria socialmente, pues el estado no podría sostener tantas escuelas si fuesen públicas. Pero es conveniente recordar que puede conducir a un error en la actitud con la que los padres y los hijos se enfrentan a su educación. Los niños pueden pensar que la educación es un bien de consumo similar a otros que se compran con dinero y perder de vista que la educación es el resultado del esfuerzo, talento, responsabilidad y curiosidad personales de cada uno, con la guía de quien sabe más que uno. Lo que se compra con dinero es el acceso a unas instalaciones y a unos recursos, pero eso no da derecho a exigir que el profesor ni la institución sean servidores de los caprichos personales. En la naturaleza de la inmensa mayoría de los profesores, trabajen en instituciones públicas o privadas, está una enorme dedicación y un esfuerzo por dar siempre lo mejor de sí mismos y por extraer lo mejor de los alumnos. Si ustedes eligen la opción privada, tengan esto en cuenta y transmitan a sus hijos un enorme respeto por el profesor, quien está ahí para educar y no para ser un subordinado de alumnos o padres.

Esta opción tiene un coste alto, por lo que hay que elegirla por las razones correctas. Un argumento comúnmente aceptado es que el precio mensual de un colegio privado equivale al coste del juku al que habría que asistir en caso de acudir a la secundaria pública y tener que tomar un examen de entrada en el bachillerato. Este argumento es falaz, puesto que, si bien las academias son caras, también es cierto que no se acude a ellas en todos los meses del año con la misma intensidad, y que es un servicio que se puede interrumpir cuando el niño está preparado, mientras que el recibo del colegio no desaparecerá en los seis años del programa.

En definitiva, la planificación, la información sobre las opciones, un auto análisis serio sobre los motivos para elegir una alternativa u otra, un respeto a la salud, carácter y posibilidades de cada niño, y una enorme admiración hacia los docentes, son necesarios en una sociedad donde el paso de cada etapa educativa a la siguiente ofrece numerosas opciones. Lo mejor de todo, eso sí, es que todas ellas son buenas. Vivimos en el paraíso de la educación.

 

Por: Montserrat Sanz Yagüe 

Lic. en Filología Inglesa por la U.C. de Madrid 

Dra. en Lingüística y Ciencias del Cerebro y

Cognitivas Univ. Rochester EE.UU. Catedrática

en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe






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