Por: | en: Terremoto en Tohoku | el: | Imprimir Print


Uno cree que por tener muchos años viviendo aquí, ya sabe todo sobre los japoneses. Este pueblo, que vive su prueba más difícil en estos días, me está dando grandes lecciones sobre la actitud que hay que tener en las peores horas.


Las horribles escenas del momento del maremoto por fin han sido reemplazadas en la tele por imágenes del esfuerzo que hoy realizan los damnificados por volver a la rutina. Muchas de éstas nos emocionan y entristecen, pero también nos sensibilizan, haciendo su tragedia también nuestra, por lo que hoy toca ayudar con lo que se pueda. Hay luto, sí, pero los lamentos vienen siendo reemplazados por la solidaridad y la esperanza. Palabras como "gambatteimasu”, "arigatai” u "ongaeshi”, cobran plenitud. A cada momento, en cada escena que veo en la televisión, esta gente nos muestra su alto sentido de civismo y desprendimiento en favor del prójimo. En la región devastada ya empezó la tarea de reconstruir la ciudad. Y también el espíritu.


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En Minami Sanriku, en Miyagi, la catástrofe redujo la población de más de 17 mil habitantes, a menos de la mitad. Muchos aún aguardan encontrar a los suyos para darles sepultura. Allí, nuevas mediciones dan cuenta que las olas llegaron a 16 metros, a la altura del cuarto piso de un edificio. La empleada del municipio continúa atendiendo a las necesidades de los damnificados en el albergue, mientras comenta a las cámaras que continúa angustiada porque aún no ha encontrado a sus familiares. "No hay tiempo para llorar, ya lo habrá después. Ahora hay que atender a los ancianos y niños, queda todo por reconstruir. Aunque puedo hacerlo, no pienso irme a otro lado, no voy a huir, mi hogar sigue estando aquí, aunque mi casa esté destruida. Hay mucha gente que aún necesita de mi ayuda”, declara al noticiero.


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La localidad de Miyako, en Iwate, ha sido una de las más dañadas por el maremoto. Solía ser un pueblo que vivía de la agricultura y la pesca. Diez de sus aldeas han sido prácticamente borradas del mapa y muchas de las escenas que han dado la vuelta al mundo graficando el poder destructor del tsunami, provienen de allí. El joven propietario de una fábrica de salsa de soya, observa las ruinas de lo que fue su fábrica. Noveno en una dinastía de productores del mejor "shoyu” de la región, sólo tiene en mente no dejar en el desamparo a sus trabajadores. "Esto lo vamos a levantar nuevamente y volveremos a producir, es una herencia familiar que tiene 200 años y no voy a rendirme. No hay tiempo que perder, necesitamos volver a la rutina”, dice, sobre los escombros.


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Quizás en ninguna parte del mundo, las ceremonias de clausura y graduación escolares guardan tanta importancia como en este país. Representa el inicio de una nueva etapa en los niños y jóvenes. En un pequeño colegio primario de Kesennuma, de las localidades más devastadas por el tsunami, el director y los maestros se congratulan de haber efectuado un hallazgo importantísimo que les devuelve la sonrisa: en medio del caos del barro aún húmedo y el mobiliario echado a perder, fue posible encontrar, con pocos daños, el paquete con los diplomas de graduación de los chicos del sexto grado, lo que posibilita hacer la ceremonia de clausura del año escolar, como estaba programado. Mientras el director seca y limpia con el mayor cuidado los certificados, los profesores se lanzan a la angustiosa tarea de ubicar a los chicos que viven en el área siniestrada, rogando que todos estén vivos, al igual que el resto del alumnado. En un salón que les fue prestado por otro colegio, la ceremonia de este año será especial. Todos asisten con lo que llevan puesto desde hace días, no hay afeites ni la alegría que por estos días debería dar el marco de los cerezos en flor. Hay pesar, pero también esperanza de días mejores. "Mamá me había comprado un bonito traje para vestirlo hoy. Creo que a ella le hubiera gustado verme esta tarde. Aún no la han encontrado”, dice, entre sollozos, una de las niñas.


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"Hoy me doy cuenta que era muy feliz. Ahora no tengo absolutamente nada. Perdí a mi familia, también mi casa”. Lo dice con dureza en la mirada, pero desde la serenidad que sigue a la resignación. La declaración, recogida por el reportero en uno de los tantos refugios de damnificados, no deja de estremecerme y me está acompañando durante todos estos días, cuando reina una tensa calma. Me resulta inevitable reparar en que la chica debe tener la misma edad que la que tiene mi hija. El tsunami le arrebató en un santiamén su niñez y lo que más quería, obligándole a ver la vida a partir de su lado más crudo. Quién le cura las heridas del alma a tantos niños, quién les explica el por qué deben madurar de la noche a la mañana.


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La anciana se niega a recibir una rebanada más de pan, ya que esa mañana los voluntarios reparten dos tajadas y una fruta para el desayuno. "¡Zeitaku!” (algo así como "es excesivo”), dice, pidiendo que mejor se la dé a algún niño. El racionamiento en esos primeros días es evidente, y en muchos lugares sólo estuvieron alimentándose dos veces al día. Aún así, no menudean las quejas. Todos saben que se están haciendo los esfuerzos para cuidarlos de la mejor manera y que por ello hay que agradecer a quienes hacen posible la ayuda. Es imposible no conmoverse con cada "arigatou” expresado con una sonrisa, a cambio de un onigiri o un plato de karee-raisu que un grupo de muchachos, voluntarios pakistaníes en la zona, les alcanza. Como en casi todas las situaciones, predomina el espíritu de grupo sobre el individualismo. Eso que ellos cultivan desde hace milenios, el tan comentado "wa”, ese esfuerzo en no quebrar la armonía en todas las cosas, que es uno de los pilares sobre los que se cimenta esta sociedad.


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En estas dos semanas la televisión e internet han dado cuenta de la forma cómo el mundo se está solidarizando con los damnificados de los desastres. El mundo comparte el dolor del pueblo japonés, y la ayuda sigue llegando de todas partes. En Corea del Sur, Taiwán y México se organizaron teletones, China y otros 20 países europeos enviaron brigadas de rescate para búsqueda y limpieza, tiendas de campaña y luces de emergencia, entre otras muchas cosas, desde Tailandia llegaron miles de frazadas. El avión colombiano aterrizó en Japón con alimentos, antes de partir con sus evacuados, y hasta la Venezuela de Chávez dispuso la mayor ayuda humanitaria jamás dada por ese país. Brasil y otros países como Laos, Tanzania, Corea del Norte o Mongolia dan dinero. El mundo entero sigue condoliéndose. Me entristece no ver nada sobre ayuda de mi país, el Perú. Sólo las palabras de solidaridad del Presidente y los líderes políticos, no calman el hambre ni evitan el frío allá en Tohoku. Se necesita mucho más. No quisiera pensar que hacemos lo indecible para convencer a los japoneses de firmar acuerdos comerciales, para venderles nuestro mango, espárragos y minerales, para hacerles probar lo maravilloso de nuestra cocina, pero para ayudar cuando se necesita, no. Japón es de los países que primero hace llegar ayuda cuando la Naturaleza cobra víctimas en el Perú, no lo olvidemos. No caigamos en la ingratitud. Irónico, pensar que fue el primer gobierno de García el que instituyó todos los 3 de abril como el Día de la Amistad Peruano Japonesa. Ojalá que ese día se conmemore la fecha con más ayuda y menos discursos.


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Aquí en Japón, muchos lanzan desesperadas súplicas en la televisión peruana para que los saquen del Japón, transmitiendo a través de sus declaraciones una situación que en nada refiere la realidad. Y la histeria es todo un manjar para los periódicos sensacionalistas, si es que hoy puede encontrarse alguno que no lo sea en Lima. De ellos, muchos han sido ganados por la desesperación y, o no saben, o no quieren explicar bien el real estado de las cosas, empezando por su ubicación geográfica con respecto a las zonas de emergencia. El "me han dicho que”, menudea en sus desesperados requerimientos de ayuda, y algunos argumentos ciertamente son de ciencia ficción. Hay mucha intención de dramatizar las cosas, recayendo en la exageración. Pero sobre todo hay mucha desinformación sobre lo que pasa en Japón. Creo que para muchos siempre la hubo, desde mucho antes del 11 de marzo, pese a que viven muchos años en el país.


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Al otro lado del mundo, Perú recibe a su "sobreviviente” más ilustre. El adjetivo es mío. Se llama Carlos Aranama y consiguió ponerse a buen recaudo, junto a su esposa e hijo, gracias a la gestión de la embajada de Colombia que, como otras, coordinó el envió de un avión para sacar del Japón a los colombianos y chilenos que lo solicitaran. No tengo nada contra los que deciden irse, entiendo que cada quien deba hacer lo que mejor considere para salvaguardar la seguridad de los suyos, más aún en situaciones como la que vivimos, y que es deber de sus gobiernos el prestarles auxilio, priorizando a las víctimas en las zonas de desastre. La situación en la central de energía nuclear de Fukushima continúa siendo seria, pero creo que eso no le da derecho a Aranama a contar mentiras sobre lo que estamos viviendo, pretendiendo dramatizar y justificar ante los periodistas su condición de evacuado en la hora undécima, en esos cinco minutos de fama frente a la cámara, diciéndoles que ya sentía la radiación en el agua y otras patrañas que los medios sensacionalistas no se darán el trabajo de verificar, porque les dijo lo que ellos querían oír, adelantándoles sus portadas y sus primicias en el noticiero de las 11. El hoy se encuentra lejos del peligro, como cuando vivía aquí, en Shizuoka, a cientos de kilómetros de Fukushima. Pidió ropa, vivienda y trabajo, lo que parece que conseguirá, gracias a la solidaridad de algunos empresarios, y las gestiones del gobierno. ¿Tratarán igual a todos los que vuelvan en estos días?



28 de marzo del 2011

Por: EDUARDO AZATO S.




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