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Decía Cervantes que la música "compone los ánimos descompuestos, y alivia los trabajos que nacen del espíritu”. Lo que no menciona la cita es el hecho de que producir música es una de las actividades más complejas en las que puede verse implicado el intelecto humano. Cualquiera que haya estudiado algo de música sabe que se trata de un lenguaje extremadamente sofisticado en el que se implican todos los sentidos, y que al mismo tiempo es un sistema paradójicamente sencillo por su gran lógica, por lo que roza la perfección. Inteligentes me parecen por tanto las personas que deciden profundizar en el estudio de la música y los sistemas educativos que reconocen su valor pedagógico y sus beneficios cognitivos, además de los emocionales. 

Si octubre es el mes de los festivales deportivos en los colegios japoneses, noviembre es el glorioso mes de la música. Es la actividad escolar que más espero durante el año, el día que más disfruto yendo a la escuela de mis hijos: el concierto anual (ongakukai). Todos los años pienso que esta actividad es la prueba de que un sistema público de enseñanza puede funcionar bien: el ongakukai integra a todos los niños, independientemente de su habilidad, y consigue resultados que son casi impensables. En el concierto se logra coordinar a decenas de niños en canciones corales y orquestales y el resultado siempre es espectacular, en el sentido literal: un espectáculo por el que casi se podría pagar. No se amilanan los profesores para hacer que los niños toquen instrumentos complicados, como el acordeón o la trompeta, o para que armonicen la percusión y el viento. No infantilizan la música, sino al contrario: hacen que los niños acepten el reto de tocar instrumentos variados y de cantar partituras difíciles. Un logro este de leer partituras nada desdeñable para niños y jóvenes. Se puede decir que la música es la tercera asignatura en importancia en el colegio, tras las matemáticas y el lenguaje. Más que por las horas de dedicación a ella, por la devoción y el interés con los que se aborda esta disciplina. Son afortunados nuestros niños por encontrarse dentro de un sistema que la valora y por acceder de esa manera a una herramienta que les ayudará toda la vida a ser más felices. 

Durante este mes también se celebran en Japón el día de la cultura (3 de noviembre) y el día de agradecimiento por el trabajo (23 de noviembre). Por tanto, no es un mal mes para sentirse bien. Si uno tiene trabajo, y a pesar de las tribulaciones que acarrea el mismo, puede sentirse agradecido. Pero la gratitud no tiene por qué limitarse al trabajo. Podemos intentar terminar el mes sintiéndonos agradecidos por las cosas de las que disfrutamos, y olvidando aquellas de las que carecemos. Yo, por ejemplo, no voy a desperdiciar esta ocasión de agradecer a todos ustedes su fidelidad a estas páginas.

En cualquier caso, todos podemos intentar hacer de este mes un mes cultural. Por ejemplo, una ocasión para darnos el regalo de llevar a nuestros hijos a alguno de los numerosos conciertos o musicales, profesionales o amateurs, que están disponibles por precios muy asequibles e incluso gratis a nuestro alrededor. Es una bonita actividad de familia. Siguiendo el ejemplo de los colegios y honrando el sentido de las fiestas que nos proporcionan un descanso, podemos pues componer nuestros ánimos descompuestos o aliviar nuestras tribulaciones del espíritu con mucha música, hasta que el sentimiento de gratitud nos salga por los poros.


Por: Montserrat Sanz Yagüe 
Lic. en Filología Inglesa por la U.C. de Madrid 
Dra. en Lingüística y Ciencias del Cerebro y
Cognitivas Univ. Rochester EE.UU. Catedrática
en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe











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