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Hace un mes recibimos un folleto en el colegio titulado "¿Estáis mirando a vuestros niños?” Nos animaba a observar el comportamiento de los adolescentes. Se explicaba que se encuentran en un periodo en el que su crecimiento emocional no es equivalente a su rápido crecimiento físico y que, en su confusión, reaccionan exacerbadamente a cualquier tontería. En esos momentos—se describe en el folleto—los padres solemos reaccionar con severas prohibiciones unilaterales. A continuación, y en letras enormes, aparece lo que más me impactó: "¿A quién sirve la regañina? ¿Al niño? ¿O a ti?” Y continúa: "Para poder contribuir a que el niño crezca como una persona proactiva y con autoconfianza, primero el adulto tiene que tener confianza en sí mismo para ofrecer el consejo correcto”. Lo que se nos plantea aquí es que la pérdida de autoconfianza en una persona cercana (por ejemplo, el adolescente, en cuyo caso está justificada), puede provocar que nosotros mismos perdamos la nuestra inexplicablemente, y por lo tanto, perdamos también los papeles. En este caso, la reacción defensiva del progenitor no contribuye a la educación del niño, sino que evidencia la  falta de confianza en sí mismo como educador. 

La falta de autoestima es ubicua. El pasado verano me enfrenté al mismo problema en forma de una buena amiga (sin hijos) que lleva años siendo abusada psicológicamente por su pareja. Un año atrás traté de que reflexionase sobre el hecho de que ella era incapaz de ver defecto alguno en su compañero. Este año, con datos más alarmantes, le planteé claramente que se encontraba en una situación de abuso en la que ella se empeña en "redimir” al hombre de sus faltas con su gran amor y dedicación. No lo admitió. Dado que se trata de una persona de una gran inteligencia y con una altísima calidad humana, sigo con la esperanza de que mi llamada de atención sirva como semilla para que un día se de cuenta y tome medidas. En el intervalo, continúo desconcertada con el hecho de que la falta de autoestima patológica esté tan desligada de la inteligencia: incluso personas que son capaces de analizar el mundo con gran lucidez son susceptibles de estar ciegas en lo que concierne a ellas mismas. 

La carencia de autoestima desafía a la razón. ¿Para qué discutir sobre este problema aquí con argumentos racionales, entonces? Porque llamar a las cosas por su nombre y hablar claramente del asunto es la única vía para hacer ver a las víctimas de abuso que su falta de autoestima está en el origen de su problema y es lo que les impide encontrar una solución. Cuanto más se repitan los argumentos, mejor. La razón puede acabar penetrando en el subconsciente y hacer reaccionar a las personas que muestran patrones victimistas y que no saben salir de ellos. 

Las dos situaciones planteadas arriba (la del folleto y la de mi amiga) atañen principalmente a mujeres. En general, el trato con los adolescentes se da más entre las madres, quienes a menudo se encargan de la casa, y por tanto se enfrentan a los arrebatos de esos adolescentes confundidos. Con frecuencia, además, sufren la violencia verbal, psicológica o física de sus parejas, quienes son incapaces de valorar lo suficiente su trabajo. Mi primer mensaje para estas mujeres es: si los que te rodean son incapaces de entender que manejar una familia en un lugar extraño, lejos de los parientes que podrían ayudarnos, con un idioma que no dominamos y con pocos medios, es una tarea que se asemeja a la obra de arte más refinada que se haya creado, si no son capaces de entenderlo y respetarte por ello, allá ellos y su apabullante estupidez. La cuestión es si tú, mujer que lees esto y que te encuentras en una situación así, entiendes bien la grandeza de tu vida, de tus tareas y de tu papel. Si no estás tú plenamente convencida de ello, no será fácil que los demás te respeten. Primero, como dice el folleto, es uno mismo el que debe llenarse de autoconfianza para no reaccionar a las inseguridades de los demás (porque el que abusa es siempre un inseguro). Este mes te dejo con esta reflexión. Seguiremos hablando de asuntos de confianza el que viene.

 
 

Por: Montserrat Sanz Yagüe 

Lic. en Filología Inglesa por la U.C. de Madrid 

Dra. en Lingüística y Ciencias del Cerebro y

Cognitivas Univ. Rochester EE.UU. Catedrática

en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe














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